lunes, 12 de mayo de 2014

Confesiones de invierno

No era invierno todavía, pero a mí sí me parecía. Nos levantamos como todos los días: jugamos en la cama, tomamos desayuno y nos duchamos juntos. Corrimos por la playa, nos reímos y comimos. El sol nos acompañó toda esa mañana.
¿Después? Después me golpeaste en un ojo, me ahorcaste, me apretaste fuerte de los brazos, me quebraste la espalda, doblaste mi cintura, rompiste mi cadera, doblaste mis rodillas y dejaste moretones en mis tobillos. Nadie me había hecho tanto daño intencionado. Nadie me ha roto el corazón así.
Me confunde aún que todo haya pasado en el mismo día.
Ahora entiendo, eso sí. Ahora entiendo tu inseguridad, tu miedo, tu terror a hacerme daño. Todo este tiempo tuviste las herramientas para hacerlo, estaban ahí, a tu disposición y lo tenías muy claro. Era cuestión de tiempo si te decidías a usarlas o no. Y te aterraste cuando me viste tan vulnerable, con las defensas tan bajas. Te aterraste tanto que decidiste dañarme de una, sin anestesia.
¿Te pesa? Me gustaría. Aún sueño contigo, tengo pesadillas donde mis piernas están llenas de moretones. Tengo la esperanza de que suene mi teléfono y que seas tú pidiendo disculpas. Bien tonta que soy. Aunque nunca va a cambiar la situación actual de las cosas, me gustaría saber que te arrepientes por el mal que hiciste.