martes, 14 de enero de 2014

La pura verdad

No son tantas las cosas que me molestan. 
La mentira me saca de quicio.
Mentiroso de mierda.
Te lo ganaste.

miércoles, 8 de enero de 2014

El primer abuso

El primero fue cuando tenía 12 años. Iba camino a mi casa desde el colegio. Tenía que caminar unas dos cuadras. Creo que me faltaban unos 20 metros para llegar al edificio donde vivía y que estaba ubicado en la calle Humberto Trucco, justo frente a la Plaza Ñuñoa. Caminaba mirando a la gente pasar. Siempre hacía eso. A veces, cuando alguien pasaba al lado mío, respiraba muy profundo, así podía captar su olor. Dejé de hacer eso cuando un día olí a un vagabundo y me dieron arcadas. 
Había recién cruzado Dublé Almeyda. Miré hacia la plaza y habían tres estudiantes sentados en una banca. Eran del Liceo Chileno Alemán de Ñuñoa. Los reconocí por la insignia que llevaban en su chaqueta. No les presté atención y comencé a caminar los 20 metros que faltaban para entrar al condominio que estaba compuesto por tres edificios. Yo vivía en el último. En el 105.
Uno de los tres estudiantes cruzó Humberto Trucco. Se acercó. Pensé que iba a entrar al Colegio República de Costa Rica que estaba justo al lado. Recuerdo que se puso atrás de mi, tan cerca que me empujó pues había pasado a llevar mi mochila. Se acerco más y me dio un pellizco muy fuerte en el trasero. Apenas lo hizo, comencé a caminar más rápido. No me atreví a decirle algo. El se dio vuelta y comenzó a reír. Los amigos también lo hicieron. Aplaudieron, incluso. Años después, pensé que probablemente había sido una apuesta entre ellos y que, el sujeto en cuestión, había ganado. Por algo lo celebraron tanto.
Cuando entré al condominio, cerré la reja rápido y me puse a correr. Entré en el segundo edificio y bajé al subterráneo. Me escondí entre los medidores de luz y la basura y me largué a llorar. 
Unos 15 minutos después, caminé hasta el 105 y toqué el timbre del departamento 17. Mi mamá abrió la puerta con una tremenda sonrisa, me besó y me encontró extraña. Preguntó si había pasado algo. Que no, respondí. 
Hasta hoy me pregunto por qué no dije nada. Hoy me pregunto que pasaba por la cabeza de esos hombres enfermos, que qué era lo que celebraban si le estaban causando daño a una niña. Tenía 12 años. No tenía ni pechugas.

lunes, 6 de enero de 2014

Death on two legs

No, no me aguanté y te busqué para asegurarme que estabas mintiendo. Así lo intuí ayer.
"Mi niño lindo, le irá bien. Yo sé que sí, le tengo toda la fe. A la distancia le envío las mejores vibras y le deseo éxito. Un abrazo y un beso para subirle el ánimo".
¿Así te escribe alguien con quien terminaste?
Tengo dos posibles conclusiones: la primera, es que eres una persona muy cobarde. La segunda, es que eres un maricón. 
A estas alturas, creo que eres la dos.