martes, 24 de diciembre de 2013

Romeo y Julieta

Al final da lo mismo en qué estemos ahora. Nuestra historia podría ser fácil la más romántica. 
"Ella tenía 16 años cuando lo conoció. Él 21".

jueves, 12 de diciembre de 2013

Bestiario

Eventualmente creo que este blog se va a convertir en mi bestiario: un recuento de los hombres que han pasado por mi vida (y algunos han sido verdaderas bestias).

Tu espalda

Hoy te vi de espaldas. Recordé el olor de ella el día en que casi me quedo dormida encima.

Beso de despedida

Ese día me encontré con una caja grande y plana bajo mi cama. Me dio vergüenza la cantidad de pelusas que había. Limpio tanto y prometo que no sé cómo se acumula tanto polvo bajo mi cama.
Tengo que confesar que estaba re perdida y que, cuando encontré esa caja bajo mi cama que llevaba escrito tu nombre en uno de los costados, pretendí que encontraría muchas respuestas. Pero no lo hice. No encontré nada que no supiera. ¿Y sabes por qué? Porque eres mucho de repetir, de estudiar, de observar tu contexto, de entender todo perfecto antes de avanzar. Quizá era esa la razón por la cual a veces sentí que yo avanzaba y que tú no lo hacías conmigo.
Abrí la caja. Me encontré con fotos, boletas, entradas al cine, mensajes en papel de cuadernos, entre otras cosas. En cada objeto me decías cuánto me amabas, cuánto querías estar conmigo, lo afortunado que te sentías por haberme encontrado… ¿sabes lo que no salía? Una explicación coherente. Algo que me orientara qué hacer cuando eres tú el que empieza a perder el rumbo, el que se ahoga y el que miente por estar tan escondido en su refugio.

Se me hizo tarde ese día mientras leía tus cartas, mientras te repasaba intentando encontrar al de siempre. Poco rato después, me llamaste, no recuerdo bien para qué, pero peleamos. Sé que después lloré. Volví a sacar la caja, la volví a abrir y pensé cómo podía hacerme diminuta para acostarme entremedio de todos esos papeles. Quizá, pensé, así te volvería a encontrar.

Lo sé hacer mejor que tú

Algo está pasando. Te imaginaba un poco distinto. Te imaginaba más sucio, de un amor más inconsistente y sofocante. Dramático y presente. Desinteresado y siempre ruidoso.  Me sorprendí cuando no fue así. Me sorprendo cuando soy  yo la que te exige jugar, la que te amarra, la que te pide y da de probar, la que da instrucciones y te obliga a entregar más cuando no parece suficiente.

No, no me aburre. Lo que me tienta es tu sonrisa cómplice y juguetona cuando te propongo cosas y tú prendes conmigo. A veces creo que siempre pensaste que yo era así y que este tiempo sólo esperabas a que yo diera el primer paso.

Fuiste

Fuiste mucho. ¡¿Y cómo no?! Si me encontraste cuando estaba con mis rodillas deshechas y con mi espalda abierta. Tú, con toda la paciencia del mundo, fuiste enderezando mis vértebras, afirmando mis tobillos y estirando mis dedos cuando el dolor no me lo permitía.
Me caí tantas veces. Tantas que en algún momento me dio vergüenza seguir contando, pero, creo, que a ti nunca te importó. Pude haberme destruido, romperme yo misma la mandíbula. Ya me imagino tu reacción. Quizá me habrías mirado de lejos, me hubieras dicho, eso sí, que no lo hiciera. Obvio que no te habría hecho caso. Y, cuando ya estuviera llorando en el suelo mirando lo que me hice, te habrías acercado y me hubieras armado de nuevo. Con una sonrisa en la cara y explicándome lo que hice mal. 

Fuiste mi excepción a la regla. Me llevaste, sin saberlo, más allá de los cuentos que imaginaba cuando tenía 8 años.

Tu sonrisa inolvidable

Tenía 16 años. Adolescente enamorada. Irracionalmente enamorada. Nada más peligroso. ¿Sabes lo que más me conquistó en ese entonces? Tu sonrisa. Tu sonrisa que estaba lista para comercial. No es amplia, pero está bien dibujada. Todas las veces que te has ido y has querido volver, es tu sonrisa inolvidable la que me convence de que tenemos algo pendiente, la que me dice que te sonría de vuelta y te muestre mi sonrisa muy poco perfecta.

Hoy. Hoy veo tu sonrisa y yo sonrío. Porque sigue igual. Ya no me causa lo mismo, pero es igual de perfecta, igual de peligrosa. Se le sumaron marcas en los lados, quizá eso la hace aún más ideal.

Hogar

Cada cierto tiempo uno necesita volver donde empezó o, por lo menos yo, necesito volver a mirar mis pisadas. No porque quiera cambiar lo que ya hice o porque busque algo por lo que deba arrepentirme. Es porque es una de mis mil formas de conocerme y entenderme. Así me entero por qué estoy aquí.
Hoy vuelvo a ese mes que estuve en cama. En las horas interminables que estuve mirando el techo. Llorando porque quería bailar, saltar, girar, correr y no podía mover ni mis piernas. Algo me pasó ese mes. Algo leí en los días que pasaban. Algo pasó el día en que me volví a levantar sola.
Me di cuenta que nunca iba a ser la misma. Quizá soy un poco más amarga, más racional, más irónica y menos romántica. Pero hoy aprecio cada vez que puedo subir una escalera o caminar cuatro cuadras.
Ese día que me levanté, los libros se volvieron mis compañeros incondicionales, me volví feminista y decidí mi vida la quería dedicar a salvar mujeres.

And I love her

Ella me gusta dependiendo del ciclo en que esté. Cuando despierto con ganas de gritar, de luchar y de recordar mis raíces, la busco. Me cuesta encontrarla. A veces tardo semanas. Apenas la siento alrededor, me acerco despacio. La observo de lejos. Me asusta porque la mayoría del tiempo no sé cómo acercarme ni cómo abordarla. Me pone nerviosa y hace que me avergüence, porque le encanta recordarme las veces que he cometido errores. 
Nadie me pone tan insegura como ella. 
Me tira hacia abajo, me apunta desde su altura y me dice, constantemente, que no soy lo suficientemente buena. Me susurra al oído que mi imaginación es muy limitada y que lo más fácil es dejarla ir y conformarme con su hermano. Yo le digo que quizá es mejor así. Su hermano me acomoda, lo escucho y no le tengo que responder… o trato de no hacerlo. Además se ve tan bien en las estanterías que están en mi pieza.