Iba camino a mi casa en la micro 403. Sí, andaba un poco mal genio. El calor y una micro llena nunca han sido buena combinación. En todo caso, iba sentada y todo lo podía resolver Crimen y Castigo.
En Vicuña Mackenna, se subió un hombre, de unos 25 años, según yo. Llevaba una guitarra en la mano. Era de pelo corto, vestía una ceñida polera blanca, jeans gastados y una cadenita en el cuello. No quiero sonar mañosa, pero me molesta cuando se suben a cantar a las micros cuando yo quiero (o necesito) leer. Me desconcentra.
Comenzó a cantar: "Help! I need somebody. Help! Not just anybody. Help! you know I need someone, help!" Se me fue todo el mar humor. Me encantan los Beatles. Comencé a cantar con él. Cerraba los ojos durante las estrofas y yo miraba por la ventana las calles pasar. Cantó Michelle y, como si supiera qué canción de los Beatles me gustaba, Yesterday. Luego, pasó pidiendo la cooperación y le di mis dos últimas monedas de mi billetera. Noté que miró con detención el color azul de mis uñas, levantó la vista, me miró a los ojos y me dio las gracias.
La próxima parada de la 403 era la mía. Plaza Ñuñoa. Él se bajó conmigo. Comencé a caminar rápido y él me detuvo:
- Oye - no lo escuché - ¡Oye!
Me di vuelta
- Se te cayó esto - me dijo teniendo su brazo para devolverme el chaleco que había dejado caer.
- ¡Qué pava soy!, muchas gracias - le dije sonriendo.
- De nada - me contestó devolviéndome la sonrisa y diciéndome su nombre.
- Javier, muchas gracias entonces.