miércoles 14 de septiembre de 2011

A Dios

Hoy me di el tiempo que no tenía. Terminé de subir las escaleras y entré. Me senté en la quinta banca de adelante hacia atrás. Había una persona más en la capilla. Dejé mi cartera en el suelo y cerré los ojos muy fuerte, como cuando era muy pequeña. Recé.
Dios, le dije, quiero contarte cómo estoy, cómo me siento, cómo he cambiado. Soy valiente, mucho, yo sé que sabes. Pero ahora no vengo a ser valiente, vengo a pararme frente a ti, con mi corazón en las manos, y deshacerme en el llanto que no puedo sacarme cada día. Mis piernas están más lentas de lo normal, me duelen, me tiran, me detienen cuando mi cabeza quiere correr. Las manos aún no me funcionan bien, no se estiran y suenan al moverse. Se mueven lento, como si fueran de plomo, sin gracia y sin ritmo. Las vértebras de mi espalda me hacen saber que están ahí, se hacen notar. Dios, ¿por qué algunos no entienden? ¿por qué no me toman de la forma en que soy ahora? Ya no bailo, no salto ni corro. Casi no escribo. Cada vez que llego a esa parte de la reflexión, no puedo no cuestionarte y preguntarte porqué. Perdón. Hace muchos años me quitaste mi movilidad, ¿por qué quitarme ahora lo que aprendí de eso? ¿por qué no dejarme escribir? ¿por qué callarme de esa forma? Libérame, no me dejes fingir. Dios, llévate por dos minutos mis dolores para poder cerrar los ojos y pensar en mi piel. Mira mi corazón, mírame, tómame de la mano y llévame donde crees que estaré mejor. Si crees que es mejor como estoy ahora... así me quedo y no habrá discusión. No es que esté desesperada, es que necesito que hoy y ahora me mires. Gracias.