lunes, 7 de julio de 2008

Ficción o enloquecí... otra vez.

Como siempre.
Iba muy cansada. Hacía un poquito de frío, tenía las manos apretadas... y ya no me acuerdo porqué estaba tan estresada. En fin, caminaba por Dr. Johow cantando una de las tantas canciones mamonas que me sé, jugaba a dar pasos grandes y miraba el entorno. Juro que me sorprendió, siempre lo veo en las películas, pero jamás en la vida real: un gatito blanco del tamaño de mi puño arriba de un árbol, justo en el lugar donde todas las ramas convergen. Era pequeñísimo, parecía tener un listón rosado alrededor del cuello. ¡Hermoso! Me acerqué al árbol y de puntillas logré alcanzarlo. Al tomarlo, su miau me causó ternura... como jamás. Seguí caminando con el gatito en las manos, doblé en la calle Galicia y, como todos los días, estaba la carreta amarilla ahí, con Don Julio arriba ofreciendo lechuga fresca. Lo saludé con gusto, me preguntó por el gatito negro que tenía en las manos, que lo había encontrado llorando al lado de un basurero. Me despedí y seguí caminando. Me molestaba el no poder reírme del pingüino que me seguía hace rato, es que me causa gracia como caminan, con ese balanceo sandunguero. Cuando me di vuelta para decirle al pingüino que por favor no me siguiera más, el cómico animalito se zambulló en la acera y siguió el camino. Un poco extrañada por la huida del pingüino seguí caminando. Cuando por fin llegué a mi calle un hombre interrumpió mi camino. ¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!, ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo. ¿Cómo se supone, pues, que yo reaccione a tal ovillo de rocambolescas palabras? Disculpe estimado caballero... Don Quijada!, agregó él, estoy segura que su merced se ha extraviado, usted debe seguir el camino que dejó el pingüino. Don Quijada me miró sin entender y se fue en su caballo. Yo seguía con el gato blanco con manchas negras en mis manos, caminé unos cuantos pasos... ¡Se me olvido!, ¿dónde está mi celular?... ¿Aló, con quién hablo? Ah, hola Capitán Sparrow, habla Tyra Banks, necesito hablar con Dumbledore... mmm si es que lo ve, necesito que le diga que le recuerde a Frodo que nos encontramos en Rivendel, por lo del anillo ¿ya? Gracias. Saludos a Anakin. Adiós.

domingo, 6 de julio de 2008

Derrumbe




... necesitaba dejar de llorar. Recordaba a su madre que siempre le había dicho que llorar no solucionaba nada, pero era simple: no lo puede evitar.


Ese estacionamiento subterráneo había sido construido hace muchísimos años, la humedad se notaba en las paredes y las luces hacían ver el entorno un poco verde. Corría hacia el fondo, corría a toda velocidad, a todo lo que daban sus pequeñas piernas. No había encontrado la salida. Escuchaba los ruidos cada vez más cerca... eran como los pasos de un gigante, ¡bam! y retumbaban las paredes. El sonido que tanto la ensordecía lo sentía dentro de ella, calaba por sus oídos y explotaba en sus costillitas. Más miedo, corría y lloraba, creía que la perseguían. ¡Bam! mierda, está cada vez más cerca. El estacionamiento no se acaba. No miraba atrás. ¿Dónde me escondo? ¡Ah, ¿qué pasa?! ¡Allí! Aquí me quedo. No llores, no llores... que se acabe, que se acabe, necesito que se acabe. Los golpes cada vez más fuertes. Se sentó con la espalda apoyada en la pared, con las rodillas dobladas, abrazándolas y escondiendo la cabeza, rezaba. ¡Bam! retumban las paredes que se agrietan y ella que llora. Por favor diosito, sálvame. Haz que termine esto... No sabía lo que era, ni lo que pasaba. ¡Bam! Las paredes del estacionamiento se agrietaron y el edificio cayó.