jueves, 8 de marzo de 2007

15:28

Miedo no me dio. Para nada; sí mucha curiosidad de tener la oportunidad de hablar con ella. Uno jamás piensa en estar en ese tipo de situaciones y cuando se presentan... no sabes como enfrentarlas. Ese día me levanté temprano. Tal y cómo me gustan, un día con un tímido sol de invierno, de esos que no calienta, con un poco de frío y una leve brisa que te hiela la nariz. Caminé hasta el paradero de micro y ahí estuve esperando un buen rato por el Transantiago.
Luego...
No me hicieron problemas para entrar, no llevaba nada peligroso conmigo. Sólo quería saber su versión, su verdad. Primero entré a una sala pequeña, fría y por el olor supe que estaba recién pintada de color gris. Un par de ampolletas y unas sillas feas de madera me hacían compañía. Estaba nerviosa y me sudaban las manos. ¿Cómo tratar con alguien así?. Me senté sin apoyar mi espalda en la pared y puse una punta del pie sobre la otra, miré mis manos y me quejé de lo horrible que se veían. Las 15:28 decía el reloj blanco en la pared. Miraba a todas partes buscando algo para tranquilizarme. Hace dos noches había visto las noticias: una mujer había apuñalado a su marido. Según decían ella estaba presa por intento de homicidio, a pesar de que ella dijera que sólo se defendía. Era algo paradójico que mientras ella vivía su propia guerra, yo miraba su historia sentada en la cama de mi hermana comiendo tartaleta y tomando jugo natural de piña. Me puse de pie. Era mi turno ¡Sí! es ahora o nunca. Un hombre alto, moreno, con apariencia amargada me llevó a una sala más pequeña y fría. Tosí por el polvo. Claramente no limpian un lugar como ese. ¿Para qué?, pensarán. Una mesa en el centro y una silla a cada lado, una mujer con los ojos fijos en el suelo, con el pelo sobre la cara, escondiéndose y, al parecer, lamentándose de las esposas en sus manos. Veinte minutos, me dijo el hombre, me empujó de la espalda obligándome a dar un par de pasos. Me frustró por lo desconsiderada que soy a veces. Me senté frente a ella con más seguridad. La llamé por su nombre y levantó la vista. Había un moretón en el costado derecho de su boca y una herida en su mejilla. Me llegó mucho unas lágrimas en sus ojos y parece que el silencio afectó a ambas. Puso sus manos sobre la mesa... estaban moradas. ¿Tu me creerás?. Ella sólo no quería que la siguiesen golpeando. Fue un accidente, estoy segura. Lloramos: ella por sus circunstancias, yo por...

lunes, 5 de marzo de 2007

¡Que emoción!

Just a little bit
Me dio mucha pena… Verlo tan consumido en su propio mundo que tuvo que crear para pertenecer a algún lugar. Tan encerrado en sus propias ideas, confundido entre tantos dibujos y millones de detalles. Ahogado entre las lágrimas, las manchas del lápiz en las manos y la presión de tener que ser fuerte. Sólo abrí la puerta. Lo vi ahí, sentado en el suelo al lado de mi cama con las rodillas dobladas y yo sin saber ni que decir ni que pasaba por su cabeza. Me decidí por guardar el silencio que siempre guardo (¿ah?). Me di la vuelta y cerré la puerta.

Pensaba mientras colgaban mis pies por la ventana en el segundo piso. Me quejaba por mi molesta sensibilidad, por la inseguridad que no suelo demostrar y por el gato que insistía en entrar a mi pieza. Escribí.
Cuando tenía más o menos ocho años mi abuela me dijo que debía ser, como toda mujer, una caja de sorpresas. Inconscientemente lo soy: sin darme cuenta soy como ella me pidió. Soy como mi vieja adivina. Soy el resultado del daño que él me hizo. Soy la vida que dejó aquellos días en el sur... de gotitas de la laguna que llegan a tu cara levantadas por el viento. Soy... el resultado de la enormidad de cosas que me han pasado. ¡Sí! Llevo las marcas no sólo en la piel (como dice Fito) sino también en el corazón.
Espero que la caja de sorpresas de que me habló mi abuela sea sólo una pequeñísima señal de todo lo que me queda por hacer y por regalar.
Sí... poco me importa que suene utópico... poco mi importa que mis viejos me digan que sólo me haré daño (estoy dispuesta a pasarlo)... tengo millones de sueños, cien mil expectativas, mil sonrisas para dar, cien motivaciones... y muchísimas ganas de deslumbrar y ayudar a la gente que me rodea. Y si de algo me tengo que decepcionar... no es difícil levantarse.
“Tómalo con calma” ¿Calma? Quizás... tal vez no quiero. Tengo ansias a flor de piel y no está en mis planes esconderlas. ¡No! No hay nada que explicar.
Que raro... ya no miro las cosas con miedo. Ojalá no me abrume tanta ansiedad. Hay que saber controlarlas. ¿Malo está? Espero que no... ¡Claro que no! Sólo con la incertidumbre de dejar una señal. Sólo para que alguien sienta la sonrisa que llevo por dentro... para sólo compartirla.
Eso si... ya no sonrío como antes... ahora es con más fuerza.

Me quedé parada a fuera de mi pieza, cerrando los ojos por impotencia y lo escuché llorar.